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Esperanza algorítmica: La economía política de sentirse bien en los medios digitales

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En las últimas semanas hemos discutido las formas en que los medios digitales producen miedo, crisis e inseguridad, los reflejos de inmunidad psicológica que el individuo desarrolla contra esto y el efecto desgastador que esto tiene sobre las emociones. En el punto en el que nos encontramos hoy, es necesario ver lo siguiente: las plataformas digitales no solo producen miedo, ira y ansiedad. También producen y ponen en circulación sistemáticamente narrativas de esperanza, inspiración, motivación y bienestar.

En otras palabras, los medios digitales no son solo un espacio oscuro. También construyen un régimen emocional que parece luminoso, relajante y tranquilizador.

Las frases inspiradoras, los videos de desarrollo personal, los discursos de motivación, las citas de "mindfulness" y las corrientes de pensamiento positivo que encontramos en las redes sociales parecen, a primera vista, contenidos que empoderan al individuo. Sin embargo, estos contenidos a menudo tienen una función que suspende el pensamiento crítico, reduce los problemas estructurales al estado de ánimo individual y, por lo tanto, hace que el orden sea incuestionable. Este panorama coincide exactamente con el concepto de "capitalismo afectivo" de la teórica de la comunicación Eva Illouz. Según Illouz, el capitalismo contemporáneo no solo produce y comercializa bienes, sino también emociones. La felicidad, la esperanza y la inspiración dejan de ser experiencias internas y se convierten en contenidos culturales que se ponen en circulación y se consumen.

Como señala Zizi Papacharissi, el espacio público digital ya no es solo un escenario donde circulan ideas, sino también emociones. Lo político se empaqueta cada vez más con una estética emocional. La discusión deja su lugar al sentir, y la crítica deja su lugar al alivio.

El contenido positivo no es neutral en este sentido. Es profundamente político. Porque el llamado a "sentirse bien" a menudo significa "no preguntes más", "objeta menos", "adáptate". Mientras las raíces sociales del problema se vuelven invisibles, la solución se delega al mundo interior del individuo. En este punto, el concepto de esperanza se divide en dos. Por un lado, existe la esperanza transformadora que nace de la solidaridad y la lucha. Por otro lado, una forma de esperanza que sugiere esperar, tener paciencia y adaptarse. La esperanza que las plataformas digitales ponen en circulación es a menudo del segundo tipo. No acelera el cambio, lo pospone. Alivia, pero no transforma.

Como subraya Nikolas Rose, el orden neoliberal espera del individuo no solo que trabaje, sino también que gestione su propio estado de ánimo. Si está ansioso, se le pide que se regule a sí mismo mediante terapia; si está infeliz, mediante la motivación; si está enojado, mediante ejercicios de atención plena. De esta manera, los problemas sociales se transforman en una cuestión de ajuste psicológico.

En este contexto, los algoritmos no solo seleccionan contenido, sino que realizan una especie de edición emocional. Deciden qué emoción será visible y cuándo. Esto apunta a un régimen, como describen Hardt y Negri, donde el poder ya no solo gestiona los cuerpos, sino también las formas de afecto. La estrategia aquí es simple: no dejar a nadie fuera. Tanto quien se siente enojado, como quien se siente infeliz o quien busca paz, debe poder encontrar una narrativa adecuada para sí mismo en la plataforma. Hay un flujo adecuado para la emoción de cada persona. De esta manera, nadie sale del flujo. De aquí proviene el poder del orden digital. No solo gestiona a los nerviosos, sino también a los tranquilos. No solo incluye a los enfadados, sino también a los que tienen esperanza.

Quizás la pregunta que debemos hacernos es esta: ¿A dónde nos llama esta esperanza? ¿A un cambio real o a una espera más larga? Si la esperanza solo nos invita a sentirnos mejor pero no a cambiar nada, esto ya no es un sentimiento de resistencia, sino una técnica de gestión. Quizás esta sea la forma de poder más insidiosa de la era digital: mantener a las personas no solo con miedo, sino también haciéndolas sentir bien.