He leído con atención la respuesta del Sr. Alpar (12punto, 26.11.2024), en la que, a mi juicio, muestra una susceptibilidad innecesaria al deducir que le llamé mentiroso en mi artículo. Cuando en mi texto dije: “Aquí hay un gran fenómeno de posverdad”, no me refería a ninguna mentira de Alpar, sino al esfuerzo de la TÜBA (Academia Turca de Ciencias) de aquel entonces por encubrir, pensando, sopesando y casi sistematizando, el hecho del plagio de Doğramacı-Spock. La verdad no se oculta solo con mentiras. Callar ante la mentira es, invariablemente, defenderla. Existe un hadiz que dice: Quien calla ante la injusticia es un demonio mudo. En la introducción de mi artículo sobre el tema, señalé que la posverdad es un juego de manos que hace que la mentira sea más digerible. Pues bien, eso es precisamente lo que hizo la TÜBA en su momento. En este contexto, el Sr. Alpar, haciendo referencias a su artículo en Sarkaç (sarkaç.org), expresa su propia interpretación y dice: “A mi juicio, el Consejo debería haber anunciado a la opinión pública que la Asamblea General de la TÜBA no tomó la decisión de apoyar a Doğramacı, sino que simplemente retiró el asunto de su agenda”. Debo reconocerle el mérito: ha explicado mejor que yo el juego de manos al que me refería.
Aunque el objetivo del fenómeno de posverdad en mi artículo de 12punto que inició el debate no era el Sr. Alpar, sino la TÜBA de aquella época, también es evidente que en el mismo texto le hice un reproche. Después de todo, como destaqué, Alpar afirma tanto en sus artículos de Sarkaç como en los de 12punto que lo que esperaba de la TÜBA era que anunciara a la opinión pública que el asunto había sido retirado de la agenda pública. Muy bien, ¿pero no tiene Alpar nada que decir sobre este fenómeno de retirar de la opinión pública? Por otro lado, en su artículo de Sarkaç dice con gran frialdad: “Este incidente creó conciencia en la opinión pública sobre la ética científica y editorial. Las violaciones de la ética académica siguen siendo comunes en todos los niveles de nuestro sistema universitario. Muchos administradores ignoran estos incidentes, e incluso ellos mismos los cometen”. ¿No sé si logro expresarme? El motivo de mi reproche es esa frialdad. Precisamente por eso, terminé mi artículo en 12punto —que Alpar, por alguna razón, prefirió interpretar de otra manera, fingiendo no entender mi ironía— diciendo: “Aquí hay un gran fenómeno de posverdad. ¿Significa esto que el principal responsable en mi país de la creciente degeneración de la ética científica no es la TÜBA de aquel entonces, que sabía hacer su trabajo y se posicionaba según la situación, sino aquel que dice la verdad? ¿Cómo es posible? Quizás lo que le sucede a quien dice la verdad da valor a los responsables de la degeneración. ¿Por qué no se nos ocurre que si la TÜBA se hubiera comportado de manera un poco más correcta en el caso en cuestión, al menos se podría haber evitado, aunque fuera en parte, lo que el Sr. Alpar observa correctamente?”.
Permítanme profundizar un poco más. La TÜBA nunca hizo comentarios sobre el plagio de Doğramacı-Spock, que ocupó mucho su agenda en su momento, ni sobre el proceso relacionado con la denuncia que Doğramacı presentó contra mí por haberlo denunciado, proceso que terminó con una condena inicial y mi posterior absolución en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (Bir Aşırma, Hasan Yazıcı, İletişim Yayınları, 2ª edición, 2024). Me costaba entenderlo. Sin embargo, un libro de ética publicado por la TÜBA en 2008 dejó la situación lamentablemente clara.
Por aquel entonces, la demanda por daños morales que Doğramacı había interpuesto contra mí había terminado en mi contra y yo había llevado el caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. El autor de la sección sobre plagio en el Manual de Ética Científica de la TÜBA (TÜBA Yayınları, 2008) era un famoso profesor de derecho, experto en derechos de propiedad intelectual. En una parte de su texto, al discutir qué se considera plagio y qué no, decía exactamente lo siguiente:
“La desafortunada decisión de la Asamblea General Civil del Tribunal de Casación, de fecha 10 de mayo de 2006 y número E.2006/4-230, K.2006/288, es un ejemplo negativo en este sentido. En dicha decisión, se dio como justificación que ‘en los informes periciales obtenidos desde el principio, se indica que ambos libros son manuales, que son anónimos, que no contienen ideas originales, que no son ideas desarrolladas por los autores y que, por lo tanto, no hay necesidad de citar fuentes’. La decisión abordó el caso no desde el punto necesario, es decir, el concepto de ‘obra’, sino desde el de ‘manual’. Esto es incorrecto...”
La cita correspondía a la decisión del Tribunal de Casación del caso Doğramacı-Yazıcı, que me consideraba culpable. Sin embargo, el profesor, por alguna razón, no hacía ninguna referencia a qué caso pertenecía la decisión que citaba. Ya lo había entendido. La TÜBA no insistía en decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.
El Sr. Alpar, al final de su artículo en Sarkaç, explica brevemente por qué y cómo un gran número de miembros abandonaron la antigua TÜBA y fundaron una nueva asociación, la Academia de Ciencias, haciendo las referencias necesarias al libro del Sr. Bermek sobre el tema (Türkiye’nin Bilim Akademisi Sınavı, Engin Bermek, Boğaziçi Yayınları, 2015). Yo también soy uno de los que abandonó aquella antigua TÜBA y se hizo miembro de la nueva Academia de Ciencias. Yo también deseo sinceramente el crecimiento y desarrollo de la Academia de Ciencias y que sirva a la ciencia de mi país y del mundo durante siglos. Sin embargo, junto a este deseo, y especialmente a la luz de mi desafortunada experiencia con la TÜBA, no puedo dejar de recordar a nuestros valiosos científicos que el elemento fundamental, el requisito indispensable que constituye una academia de ciencias, es el respeto incondicional a la verdad.
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