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El incendio de Kartalkaya y la 'Sociedad del Riesgo'

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Desastres como las 'epidemias', los 'terremotos' y los 'incendios' demuestran una vez más que tanto el mundo como nuestro país se enfrentan a grandes riesgos. Es un hecho que vivimos en sociedades del riesgo. No se puede imaginar un futuro social libre de riesgos. El riesgo es un concepto relacionado con el futuro.

Las sociedades y los individuos están expuestos cada día a riesgos de catástrofes mucho mayores que antes. Desde el agua que bebemos en nuestra vida cotidiana hasta los alimentos que consumimos, pasando por los desastres ecológicos, ambientales y climáticos, e incluso los lugares que elegimos para vacacionar, nos enfrentamos a diversos riesgos que no están controlados. Estamos sufriendo graves pérdidas debido a los daños causados por estos riesgos. Mientras la ciencia y las innovaciones tecnológicas avanzan y se difunden rápidamente, los seres humanos parecen tener menos control sobre sus propias vidas y su entorno.

Dentro de la lógica económica neoliberal, la 'codicia por el beneficio' máximo se antepone al esfuerzo por la seguridad y la estabilidad. Los riesgos que no pueden ser controlados ni gestionados hacen que los sectores pobres de los países subdesarrollados y en desarrollo del mundo sean más vulnerables que los de las sociedades desarrolladas. Entre los grupos vulnerables, los 'pobres' y los 'niños' ocupan la primera línea. ¿No es acaso reflexivo y doloroso que, al igual que en el incendio del hotel, 38 de nuestros 78 ciudadanos fallecidos fueran niños?

Sin duda, con el proceso de 'globalización basada en la explotación' y la erosión del estado de bienestar social, los individuos y las sociedades se vuelven vulnerables a nuevos riesgos difíciles de predecir y controlar. A diferencia de los riesgos del pasado, cuyas causas se identificaban y cuyos efectos se conocían, el origen de los riesgos que surgen hoy en día es desconocido y sus consecuencias son impredecibles. No olvidemos que la reciente 'Gran Pandemia' provocó la pérdida de millones de personas como un desastre sin precedentes en el ámbito de la salud.

El sociólogo alemán Ulrich Beck, quien afirma que hemos pasado a una era de "modernidad reflexiva" en la que todas las acciones, a todos los niveles (individual, social e internacional), tienen consecuencias accidentales previamente desconocidas, señala que los riesgos configuran una sociedad del riesgo global; sostiene que el mundo actual alberga grandes riesgos y se encuentra al borde de un nuevo orden social o al límite de su propia destrucción. Según Beck, los efectos secundarios impredecibles de la pretensión de control, o las consecuencias que aparecen mucho después, devuelven a la sociedad a la era de la incertidumbre, a la era de la polivalencia, en definitiva, a un estado de extrañamiento de sí misma, que se creía superado. En el mundo actual, más arriesgado que el de ayer, es decir, en la sociedad del riesgo, los individuos, los grupos y las sociedades son el objetivo potencial del riesgo.

El incendio del hotel en Bolu/Kartalkaya cobra sentido cuando se piensa dentro del contexto sociológico teórico resumido anteriormente. En primer lugar, no debemos olvidar el hecho de que los desastres ocurridos en Turquía en los últimos 10-20 años han provocado grandes muertes y enormes pérdidas materiales. Entonces, ¿hemos aprendido lo suficiente como sociedad de estas grandes pérdidas? En mi opinión, no. En primer lugar, el incendio del hotel de Kartalkaya revela una vez más el lamentable estado de la espiral de falta de normas, falta de supervisión y negligencia en Turquía. Esta espiral, en su conjunto, también apunta a la corrupción en el sistema social y político. Imaginen un hotel; se realizan ampliaciones contrarias al plan del proyecto. Más de 300 personas se alojan en el hotel. Sin embargo, no se cumplen las normativas vigentes en materia de salud y seguridad. Por ejemplo, el hotel, rodeado de madera, no cuenta con las escaleras de incendios que debería tener en sus 4 fachadas. No se han cumplido las normas de seguridad contra incendios. No se han realizado los "análisis de riesgo" obligatorios desde el punto de vista sanitario, de seguridad y técnico. La autoridad de inspección y control del municipio ha sido recortada. Una vez más, en este proceso, fuimos testigos de una situación en la que no existían principios éticos ni transparencia, donde predominaba el caos administrativo, legal y burocrático entre las administraciones centrales y locales, y donde el oportunismo, el patrocinio político y la codicia/sed de lucro estaban entrelazados. Los testimonios de los testigos presenciales y del personal, así como los informes de los peritos, demuestran que la catástrofe del incendio se veía venir. Una vez más, nos avergonzamos de nuestra humanidad debido a esta trágica catástrofe.

En Turquía, como ocurre tras cada desastre, el tema se discute acaloradamente en los medios de comunicación. Se recuerda a los expertos. Se habla de medidas. Se hacen noticias, comentarios y evaluaciones paliativas, de corto alcance y que no ven la imagen completa. Se busca al culpable y al responsable. Se habla de la falta de inspección y control. La autoridad central culpa a la administración local (municipio); y la administración local culpa a la autoridad central. El tema se politiza, alejándolo de su contexto real. La politización del tema dificulta que el problema se aborde bajo la luz de la razón y la ciencia, con un enfoque holístico. El proceso sigue así un círculo vicioso y, al poco tiempo, se olvida.

Como en el caso de Kartalkaya y en todos los desastres en general, para vivir en el mundo caótico, aterrador e impredecible del futuro, tenemos que convertirnos, en palabras de Beck, en una sociedad más consciente, autorreflexiva y "consciente del riesgo". El elemento más importante para aumentar la resiliencia social y sistémica frente a los desastres es el desarrollo de la conciencia sobre los mismos. Para ello, es necesario que las conductas preventivas se conviertan en una "norma de comportamiento social y cultural" clara antes de que ocurra el desastre. Es decir, es esencial la formación de una cultura de desastres en la sociedad. No debe olvidarse que la familia y la escuela son agentes importantes y críticos en la internalización de esta cultura por parte de los individuos.

En este contexto, la formación en resiliencia ante desastres impartida a todos los niveles adquiere una gran importancia para aumentar la resiliencia de los sectores sociales y permitirles estar preparados para los desastres. Si en el incendio del hotel de Kartalkaya se hubieran realizado y aplicado previamente las inspecciones y controles suficientes por parte de los expertos en salud y seguridad laboral, y si se hubiera impartido formación y simulacros de incendio al personal del hotel, al menos no nos habríamos enfrentado a un panorama tan grave.