Gracias a las redes sociales, estamos viviendo una revolución comunicacional extraordinaria, aunque sea virtual.
Se ha creado un sistema de seguimiento múltiple.
Piénselo: usted es "amigo" en redes sociales del Presidente de la República, a quien no podría ni acercarse en persona.
Él le envía sus actividades diarias.
Estoy aquí, estoy allá, dije esto, fulano vino a visitarme, mengano se fue; así.
En su lugar de trabajo, usted le manda un mensaje al jefe saltándose a su secretario personal.
Incluso puede pedir un aumento de sueldo.
Yo llevo casi 30 años desgastando los codos en la universidad.
Con mis exalumnos nos seguimos muy frecuentemente a través de estas aplicaciones de redes sociales.
No hay quien llame de vez en cuando para preguntar "cómo estás" o invite a comer, pero cuando están en apuros o buscando trabajo, yo soy el primero en quien piensan.
"Profesor, solicité en tal empresa, ¿tiene algún conocido allí?"
"Profesor, lo puse como referencia en mi CV, puede que lo llamen."
Tenemos la sensación de estar siempre juntos.
Dónde están, en qué trabajan, en qué empresa están.
¿Se casaron, formaron familia?
Todas las respuestas están en la aplicación de redes sociales.
Hasta ahora, entre los que he graduado, no he encontrado a ninguno en el límite de la pobreza.
Tampoco hay muchos desempleados. De vez en cuando veo en esta aplicación el mensaje de que alguien busca nuevo trabajo.
En general están bien.
(No hablo de la miseria, la desesperación, el hambre y la falta de esperanza que vive la nueva generación en los últimos tiempos)
Pero algunos han roto todos los límites.
Algunos, en países que ni conozco por nombre, y otros en los países más desarrollados miembros del G8, han alcanzado ingresos mensuales 3 o 4 veces superiores a los de un profesor "veterano y escalafonado" como yo.
Entre ellos hay quienes cobran entre 8.000 y 10.000 dólares al mes.
Unos construyen hospitales, otros carreteras, otros aeropuertos y otros instalaciones energéticas.
Han comprado casas, coches, terrenos.
Han acumulado una fortuna considerable.
Dicen que piensan volver a su país con sus ahorros y lanzarse al comercio.
Que les sea de provecho.
Que Dios les dé más ganancias.
No les tenemos envidia.
Que nuestro aporte quede en paz.
Solo diré esto:
CIUDADANO que en mercados y plazas nos regaña constantemente a nosotros, los intelectuales letrados que hemos consumido tinta, preguntando "¿qué hicieron ustedes, qué produjeron?",
CIUDADANO que, por habernos diferenciado de ellos al adaptarnos al proceso evolutivo, nos acusa continuamente de ser infieles y nos imputa blandir la espada del infiel,
¿Acaso nosotros no hemos contribuido también, aunque no tanto como usted, a este hermoso país?
Y con un ingreso equivalente al sueldo de un inspector municipal.
Y sin privilegios adicionales.
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