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¿Por qué arde París? La crisis del estado de bienestar y la rebelión de la justicia social

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Publicado: 23.10.2026 07:58

¡París arde! Pero, ¿está también dando la voz de alarma el estado de bienestar europeo? En una de las economías más grandes del mundo, a pesar de un sólido sistema de seguridad social y un elevado gasto público, ¿por qué cientos de miles de personas están en las calles? ¿Por qué el ciudadano se siente menos seguro mientras el Estado gasta más? 

Los trabajadores luchan contra las dificultades para subsistir, los jóvenes temen por su futuro y los jubilados intentan proteger sus derechos sociales. La creciente deuda pública, la ralentización del crecimiento y el aumento del coste de la vida someten al modelo europeo de prosperidad económica y justicia social a una dura prueba. Porque el éxito del estado social no debe medirse por cuánto gasta, sino por hasta qué punto reduce la pobreza, fortalece la igualdad de oportunidades y qué tipo de futuro ofrece a sus ciudadanos. 

La ira que surge en las calles de París cuestiona no solo el coste del estado social, sino también su eficacia, su justicia y su sostenibilidad. La cuestión principal no es renunciar al estado social, sino quién comparte la prosperidad, quién paga el precio y qué carga se deja a las generaciones futuras. 

La advertencia que se extiende desde Francia a todo el mundo es clara: si el crecimiento económico no se traduce en prosperidad, la prosperidad en justicia y la justicia en confianza social, ni el elevado gasto público ni los indicadores económicos sólidos pueden garantizar una paz y estabilidad duraderas.

LA IRA EN LAS CALLES DE PARÍS: DE LA EDUCACIÓN A LA LUCHA POR LA SUBSISTENCIA

Las reacciones que surgen en las calles de París no son solo una protesta contra las condiciones educativas, sino también la expresión de un descontento económico y social acumulado durante años. Las manifestaciones, que se hicieron patentes en septiembre con las demandas de los estudiantes, se convirtieron rápidamente en una protesta más amplia contra el coste de la vida, los servicios públicos y los derechos sociales. Según la declaración del Ministerio del Interior de Francia, cerca de 550 mil personas participaron en las manifestaciones del 17 de octubre de 2026 en todo el país. Estudiantes, trabajadores, sindicatos y partidarios del movimiento de los Chalecos Amarillos se reunieron en las mismas calles con diferentes demandas.

Aunque la mayor parte de las manifestaciones fueron pacíficas, en algunas ciudades se produjeron saqueos, incendios provocados y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. El derecho a la protesta democrática es indispensable; sin embargo, la violencia no puede ser un medio legítimo para ninguna lucha por la reivindicación de derechos. No obstante, centrarse únicamente en los vehículos quemados y los edificios dañados significa pasar por alto las causas reales de la ira social que se ha desbordado en las calles.

Francia no es ajena a estas reacciones. En 2018, los Chalecos Amarillos defendían la justicia fiscal y el poder adquisitivo, y en 2023, quienes se oponían a la reforma de las pensiones defendían sus derechos sociales. Hoy, la educación, las condiciones de vida y la ansiedad por el futuro ocupan un lugar central. Aunque las demandas cambian, el problema fundamental es el mismo: ¿Por qué la prosperidad económica no se refleja suficientemente en amplios sectores de la sociedad? Por supuesto, detrás de las reacciones sociales también se encuentran la representación política, la confianza en la administración y las políticas de seguridad. Sin embargo, uno de los denominadores comunes más fuertes que reúne a diferentes sectores en la misma calle es el abismo cada vez mayor entre las dificultades de subsistencia de hoy y la incertidumbre del mañana.

LA DURA PRUEBA DEL ESTADO DE BIENESTAR: ¿POR QUÉ SE TAMBALEA EL CONTRATO DE BIENESTAR EUROPEO?

Tras la Segunda Guerra Mundial, el orden económico y social de Europa se construyó sobre un sólido concepto de estado social. En la base de este modelo había un contrato social claro: El ciudadano trabajaría, produciría y pagaría impuestos; el Estado, por su parte, garantizaría la educación, la salud, las pensiones, la seguridad social y los servicios públicos básicos. La prosperidad generada por el crecimiento económico se compartiría de manera más justa, y se fortalecerían la igualdad de oportunidades y la solidaridad social.

Este enfoque proporcionó a Europa no solo desarrollo económico durante muchos años, sino también paz social y estabilidad democrática. Sin embargo, hoy el estado de bienestar se enfrenta a tres problemas fundamentales:

En primer lugar, el problema del bajo crecimiento y la productividad. Cuando la economía no crece lo suficiente, los ingresos fiscales no aumentan al mismo ritmo que las necesidades sociales. Aumentar constantemente el gasto público sin fortalecer la productividad y el empleo hace que la financiación del estado social sea cada vez más difícil.

En segundo lugar, el envejecimiento de la población y la justicia intergeneracional. Mientras aumentan los gastos en pensiones, salud y cuidados, la carga financiera sobre la población activa se vuelve más pesada. Debilitar las oportunidades de educación, empleo y vivienda de los jóvenes mientras se intenta proteger los derechos sociales de hoy erosiona el principio de solidaridad intergeneracional del estado de bienestar.

En tercer lugar, el aumento de la deuda pública y el cambio en las prioridades presupuestarias. Junto con el aumento de los gastos por intereses, los gastos en defensa, seguridad energética y transformación tecnológica reducen los recursos que pueden destinarse a las políticas sociales. Los gobiernos se enfrentan a decisiones difíciles entre aumentar los impuestos, recortar gastos o seguir endeudándose para reducir los déficits presupuestarios.

Sin embargo, el verdadero problema no es solo cuánto gasta el estado social, sino quién financia estos gastos, a quién benefician y con qué eficacia se utilizan. El elevado gasto público por sí solo no es garantía de justicia social, igualdad de oportunidades o satisfacción social.

La solución no es reducir el estado social ni renunciar a los derechos sociales; es hacerlo más justo, eficaz, productivo y financieramente sostenible. Porque un estado social que funciona bien no es solo el que distribuye ingresos, sino el que reduce la pobreza, desarrolla el capital humano, crea igualdad de oportunidades y permite que los individuos construyan su propio futuro.

EL EXPEDIENTE DE DEUDA DE FRANCIA Y LA CUESTIÓN DE LA JUSTICIA: ALTO GASTO, BAJO CRECIMIENTO

Los indicadores económicos de Francia revelan con total claridad el dilema al que se enfrenta el estado de bienestar europeo. Según las previsiones del Estudio Económico de Francia de 2026 de la OCDE, se espera que la relación entre la deuda pública y el producto interior bruto alcance el 115,5% en 2025, suba al 118,8% en 2026 y al 120,9% en 2027. En el mismo periodo, se prevé que el déficit presupuestario sea del 5%, el desempleo del 8,3% y el crecimiento económico solo del 0,7%. La relación entre el gasto público y el producto interior bruto es de aproximadamente el 57%.

Estas cifras señalan una contradicción importante: ¿Por qué, cuando el Estado realiza un gasto equivalente a más de la mitad de la economía, el crecimiento económico es débil y el descontento social es alto? Porque el elevado gasto público no genera prosperidad por sí solo. La calidad del gasto, el uso eficiente de los recursos, la capacidad de creación de empleo y el impacto en la distribución de la renta son tan importantes como la cantidad de gasto.

Además, el aumento constante de la deuda pública incrementa el riesgo de trasladar los gastos sociales de hoy a los contribuyentes del futuro. Sin embargo, recortar los servicios de educación, salud y seguridad social para reducir los déficits presupuestarios tampoco es la solución. Por un lado, está la carga de la deuda transferida a las generaciones futuras; por otro, el coste del ahorro impuesto a los sectores de bajos ingresos de hoy. En ambos casos, el problema fundamental es la justicia.

Por ello, el presupuesto no es solo un cuadro financiero donde se suman ingresos y gastos, sino un documento de elección que muestra las prioridades sociales del Estado. Reducir los gastos ineficaces no es lo mismo que recortar los derechos fundamentales de los ciudadanos. Revisar los privilegios fiscales, luchar contra la economía sumergida, aumentar la productividad y el empleo, y utilizar los recursos públicos de manera más eficiente son también herramientas de disciplina fiscal.

El verdadero éxito consiste en no aumentar las desigualdades sociales mientras se reduce el déficit presupuestario; y en no condenar las finanzas públicas a una carga de deuda insostenible mientras se protegen los derechos sociales. Porque la disciplina fiscal y la justicia social no son alternativas entre sí, sino dos elementos fundamentales que se complementan en las políticas económicas correctas.

EL FUTURO DE LOS JÓVENES, LAS NUEVAS PRIORIDADES DE EUROPA: ¿QUÉ PROMETE EL ESTADO DE BIENESTAR A LAS GENERACIONES FUTURAS?

Una de las promesas más importantes del estado de bienestar europeo era ofrecer a cada nueva generación mejores condiciones de vida que a la anterior. Hoy, sin embargo, los jóvenes se preguntan si podrán tener un futuro mejor que el de sus padres. La desigualdad de oportunidades en la educación, el aumento de los costes de la vivienda, las dificultades para encontrar trabajo y las condiciones laborales precarias no solo debilitan la vida de los jóvenes, sino también la confianza en el futuro del estado social.

Además, el envejecimiento de la población europea aumenta los gastos en pensiones, salud y cuidados, al tiempo que presiona los recursos que podrían destinarse a la educación, el empleo y las necesidades de vivienda de los jóvenes. ¿Qué tan justo y sostenible puede ser un orden que, mientras intenta proteger los derechos adquiridos de una generación, empuja al futuro de la otra hacia la incertidumbre? La tarea del estado social no es enfrentar a las generaciones, sino distribuir los recursos y las oportunidades entre ellas con equidad.

A este panorama se suman los crecientes gastos de Europa en defensa, seguridad energética y transformación tecnológica. Invertir en seguridad frente a los riesgos geopolíticos es, por supuesto, necesario. Sin embargo, destinar más recursos a la defensa mientras se descuida la educación, la salud, la protección social y el futuro de los jóvenes conlleva el riesgo de debilitar a la sociedad desde dentro. Porque la seguridad no es solo proteger las fronteras, sino también poder proteger el sustento, las condiciones de vida y la confianza en el futuro de los ciudadanos.

La cuestión principal no es elegir entre la defensa y el estado social, sino poder distribuir los recursos públicos de manera equilibrada entre las necesidades sociales y las prioridades a largo plazo. Es también responsabilidad del Estado dejar a las generaciones futuras no solo deuda pública, sino una educación de calidad, empleo productivo, instituciones fuertes y una sociedad habitable.

DE PARÍS A TURQUÍA: ECONOMÍAS DIFERENTES, UN PROBLEMA COMÚN DE JUSTICIA

Las estructuras económicas, los niveles de ingresos y los sistemas de seguridad social de Francia y Turquía son diferentes. Sin embargo, las reacciones que surgen de las calles de París plantean una pregunta importante también para Turquía: ¿Por qué la prosperidad del ciudadano no aumenta en la misma medida mientras la economía crece? Porque la verdadera medida del éxito económico no son solo los indicadores de crecimiento, inflación o presupuesto; es cuánto se refleja la mejora en estos indicadores en las condiciones de vida de la sociedad.

Como ya subrayé en mis artículos anteriores publicados en 12punto sobre la distribución de la renta y la justicia fiscal, en el mismo país pueden coexistir dos realidades económicas diferentes. Por un lado, están quienes aumentan su riqueza con ingresos patrimoniales; por otro, los millones que intentan cubrir los gastos de alquiler, alimentación y transporte con sus salarios. Que la inflación baje no significa necesariamente que los precios hayan retrocedido, ni que el aumento de los salarios signifique necesariamente un mayor poder adquisitivo. Si los beneficios del crecimiento no se comparten de manera justa, la mejora en los indicadores económicos no se traduce en bienestar social.

En Turquía, el sistema fiscal también está en el centro del debate sobre la justicia social. El peso de los impuestos indirectos, como el IVA y el impuesto especial sobre el consumo (ÖTV), aumenta la carga sobre los sectores de bajos ingresos. La justicia fiscal no solo tiene que ver con quién paga cuántos impuestos, sino también con cuánto gana cada uno y de qué servicios públicos se beneficia a cambio de los impuestos que paga. Por ello, los privilegios fiscales, la economía sumergida, la eficacia del gasto público y las obligaciones extrapresupuestarias deben evaluarse conjuntamente.

Además, el estado social no es solo el que distribuye ayudas, sino el que crea las condiciones para salvar a las personas de la necesidad constante de ayuda. Una educación de calidad, una salud accesible, el cuidado infantil, la vivienda social y el empleo seguro son la base que permite a una persona construir su futuro con su propio esfuerzo. Los municipios también pueden fortalecer esta base con transporte, guarderías y servicios sociales; pero necesitan recursos predecibles y compatibles con sus tareas. El éxito de la política social depende de que las instituciones centrales y locales se complementen, de que las ayudas lleguen a las necesidades reales y de que no lleven a los individuos a una dependencia constante de las ayudas, sino a mejores oportunidades de vida.

La lección fundamental que se debe extraer de París a Turquía es clara: El éxito del estado social no debe medirse por cuántos recursos distribuye, sino por hasta qué punto reduce la pobreza, fortalece la igualdad de oportunidades y qué tipo de futuro ofrece a sus ciudadanos. Porque la verdadera justicia social no es solo aliviar las consecuencias de la pobreza, sino poder cambiar las condiciones económicas e institucionales que la hacen permanente.

CONCLUSIÓN: ESTADO FUERTE, NO GRAN PRESUPUESTO; UN FUTURO JUSTO Y SEGURO 

Lo que ocurre en las calles de París es una advertencia importante sobre la que deben reflexionar no solo Francia, sino todos los países que debilitan el vínculo entre el crecimiento económico y el bienestar social. El desarrollo económico, el elevado gasto público y las sólidas instituciones de seguridad social no son, por sí solos, garantía de paz y justicia social.

La economía de un país puede crecer; pero si el poder adquisitivo del ciudadano no aumenta, debe cuestionarse la contrapartida social de este crecimiento. El presupuesto del Estado puede crecer; pero si los servicios de educación, salud y seguridad social no satisfacen las necesidades, debe debatirse la eficacia del gasto. Se puede lograr la disciplina fiscal; pero si el precio lo pagan constantemente los sectores de bajos ingresos y las generaciones futuras, se daña el sentido de justicia.

La cuestión principal no es renunciar al estado social, sino hacerlo más justo, eficaz, inclusivo y financieramente sostenible. Porque un estado social fuerte no es solo el que alivia las consecuencias de la pobreza, sino el que reduce la pobreza; no solo el que transfiere ingresos, sino el que crea igualdad de oportunidades; no solo el que satisface las necesidades de hoy, sino el que protege también los derechos de las generaciones futuras.

La lección que debe extraerse de Francia a Turquía es clara: La verdadera medida del éxito económico es cuánto se refleja, más que en las cifras de crecimiento, en la mesa del ciudadano, en el poder adquisitivo de los trabajadores, en la educación de los niños, en el empleo de los jóvenes y en las condiciones de vida de los jubilados. Utilizar los recursos públicos de manera eficaz, mantener la disciplina fiscal y fortalecer la justicia social no son alternativas entre sí, sino condiciones complementarias de una prosperidad sostenible.

Hoy, el descontento social que surge de las calles de París recuerda a todos los países cuatro preguntas fundamentales: ¿Para quién crece la economía? ¿Quién gana la prosperidad? ¿Quién paga el precio de las crisis? ¿Quién lleva la carga del futuro?

Ningún modelo económico que no pueda dar respuestas justas y convincentes a estas preguntas puede mantener la confianza social basándose únicamente en las cifras de crecimiento y el elevado gasto público.

No olvidemos: Una economía fuerte no es solo la que crece, y un estado fuerte no es solo el que gasta mucho. El verdadero poder reside en poder compartir la prosperidad producida de manera justa, utilizar los recursos públicos de manera eficaz y ofrecer un futuro más seguro a cada generación. Porque si el crecimiento económico no se convierte en prosperidad, la prosperidad en justicia y la justicia en confianza social, ninguna estabilidad es permanente.

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