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El viaje de Odiseo-4. Ítaca: ¡Volver a casa no es suficiente!

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Presentamos la última entrega de nuestra serie de cuatro artículos en la que abordamos la Odisea de Homero, que ha vuelto a estar de actualidad recientemente, con nuestras breves narraciones y comentarios. Puede acceder a los artículos anteriores a través de los enlaces.

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___________________________________________

Habían pasado veinte años desde que partió de las costas de Anatolia.

Diez años en la guerra de Troya.

Bajo la sombra de la sangre y la muerte...

Diez años entre olas embravecidas...

En el olor a sal, en el rugido de los vientos...

Con la ira de Poseidón, el dios de los mares...

En el abrazo de aventuras dispares...

Muchos de los compañeros de Odiseo habían dado su vida por llegar a sus hogares...

¡Ahora estaba en su isla, en Ítaca!

(El viaje de Odiseo. Imagen representativa. Inteligencia Artificial)

***

Tras arduos viajes, Odiseo finalmente había regresado a Ítaca.

Pero en su palacio, que era su hogar, había otros hombres.

Ciento ocho pretendientes que querían casarse con su esposa Penélope...

Odiseo llevaba veinte años ausente.

Pensaban que ya no volvería, que había muerto.

Ser el esposo de Penélope no era solo casarse con una mujer hermosa y noble.

También significaba apoderarse de la fortuna de Odiseo y de su poder en Ítaca.

“Como si ocupar el lugar de alguien significara también poseer su poder...”

Estaban consumiendo sus bienes...

Sacrificando sus animales...

Bebiendo su vino.

(John William Waterhouse. Penélope y los pretendientes. 1910)

***

Penélope los había entretenido durante años.

Había dicho que estaba tejiendo un sudario para su anciano suegro Laertes...

Y que cuando terminara el sudario, se casaría con uno de los pretendientes.

Sin embargo, tejía de día...

Y deshacía el sudario por la noche.

Durante tres años.

Los mantenía a raya.

Finalmente, una de sus sirvientas reveló este secreto a los pretendientes.

El tiempo de Penélope se agotaba.

(Sidney Harold Meteyard (1868–1947). Penélope ante el telar)

***

Mientras tanto, Telémaco, el hijo de Odiseo, ya no era un niño.

Cuando Odiseo partió hacia Troya, lo había confiado a su amigo de confianza, Mentor. 

En la epopeya, Atenea también se disfrazaría ocasionalmente de Mentor para guiar a Telémaco. 

Con el tiempo, el nombre de Mentor dejaría de ser un nombre propio para utilizarse en el sentido de una persona que guía y aconseja con su experiencia.

Telémaco era joven, pero resistía con firmeza junto a su madre.

No quería ceder fácilmente el trono de Odiseo. El trono era su derecho.

Había viajado a Pilos y Esparta, en la península del Peloponeso, en la Grecia continental, para buscar a su padre...

Había hablado con Néstor, compañero de armas de su padre, y con Menelao, hermano del rey Agamenón...

Había recopilado noticias sobre la supervivencia de Odiseo.

Tenía la esperanza de que no hubiera muerto.

Atenea, la diosa protectora de su padre, cuidó de Telémaco durante las trampas tendidas en su camino y lo trajo de vuelta a Ítaca.

Tras despertar en la costa de Ítaca y recuperarse, Odiseo llegó a la cabaña de Eumeo, el porquerizo que le había sido siempre fiel y cuyos ojos se habían cegado por la vejez, y obtuvo información sobre la situación en el palacio del pastor que no lo reconoció. 

Padre e hijo se encontraron en la cabaña del porquerizo Eumeo.

Al principio, Telémaco no creyó que el anciano mendigo frente a él fuera su padre.

La diosa Atenea cambió la apariencia de Odiseo.

Y veinte años después, padre e hijo se abrazaron.

Pero no tenían tiempo para llorar.

Planearon juntos recuperar el palacio.

(Richard Esthall. 1810. Telémaco, Mentor y Atenea)

***

Odiseo entró en su propio palacio disfrazado de anciano mendigo.

Nadie lo reconoció.

Pero en el patio yacía un perro viejo.

Argos.

Era muy pequeño cuando Odiseo partió hacia Troya.

Ahora estaba envejecido...

Había quedado descuidado.

Levantó la cabeza.

Reconoció a su amo.

Movió la cola.

Pero no tenía fuerzas para acercarse a él.

Odiseo ocultó sus lágrimas.

Argos murió después de ver que su amo había regresado.

La gente en el palacio no había reconocido a Odiseo.

Su perro sí lo había hecho.

Esto significa que el amor, incluso si proviene de un animal, no se rinde ante los años.

(Briton Rivière (1840–1920). Argos y Odiseo. 1885)

***

Los pretendientes reunidos en el salón humillaron a Odiseo, quien entró al palacio disfrazado de mendigo.

“¡Qué buscaba este mendigo sucio en el palacio!”

Al oír esto, Penélope se interesó por el invitado. 

Era un extranjero quien había llegado.

La hospitalidad era la virtud más importante.

Además, pensaba que él podría saber algo sobre Odiseo.

Ordenó que el extranjero fuera atendido.

Por la noche, la anciana sirvienta Euriclea lavó los pies del extranjero.

Vio la vieja cicatriz en su pierna.

Era una herida causada por un jabalí durante una cacería en su juventud.

Euriclea conocía a Odiseo desde su infancia.

¡Casi lo había criado con sus manos!

De repente, comprendió la verdad.

Casi grita.

El mendigo frente a ella era su amo, Odiseo.

Odiseo la hizo callar.

Nadie debía saberlo todavía.

Odiseo podía cambiar su rostro.

Podía cambiar su ropa.

Podía ocultar su nombre.

Pero no podía borrar la marca que su pasado había dejado en su cuerpo.

¡El tiempo no puede cubrirlo todo!

(Gustave Boulanger, Euriclea reconoce a Odiseo por la cicatriz en su pierna. 1849)

***

Penélope, por su parte, aún no sabía la verdad.

Preparó una última prueba para deshacerse de los pretendientes.

Ella también estaba cansada de cubrir el sudario.

Debía terminar con esta situación.

Se traería el arco de Odiseo.

Se casaría con el hombre que pudiera tensar el arco y hacer pasar la flecha a través de los doce agujeros de las hachas.

“¡Adelante con la competencia!”

Se preparó el ambiente en el gran salón del palacio.

Los pretendientes lo intentaron uno por uno.

No lo lograron.

No pudieron tensar el arco de Odiseo.

Algunos de ellos empezaban a sospechar que había una trampa, cuando el anciano mendigo que estaba allí pidió el arco.

Se rieron. Se burlaron.

“¡Acaso este anciano iba a tensar un arco tan rígido, algo que tantos jóvenes no pudieron hacer!”

Pero cuando Odiseo tomó el arco, lo tensó fácilmente.

Habían pasado los años, pero el arco parecía no haber olvidado a su dueño, había un vínculo entre ellos.

Disparó la flecha.

La hizo pasar a través de las doce hachas.

Luego apuntó el arco hacia los pretendientes.

La primera flecha fue para Antínoo, uno de los pretendientes.

Él era el cabecilla de la plaga en el palacio.

Antínoo fue alcanzado en la garganta mientras bebía vino.

El vino se derramó en el suelo.

El líder de los pretendientes había muerto.

En el nombre de Antínoo también estaba la palabra “noos”, que significa mente, intelecto, comprensión, que ya habíamos encontrado en el rey feacio Alcínoo.

Sin embargo, el “anti” al principio de su nombre le añadía un significado de oposición.

Su nombre significaba, a grandes rasgos, “el que piensa de forma opuesta”, “el que tiene una mente contraria”.

Homero parecía estar jugando aquí también un pequeño juego poético con las palabras.

Pero Antínoo no había comprendido lo más importante:

Que Odiseo podía regresar y quién era el anciano mendigo frente a él.

(N.C. Wyeth. Odiseo y el arco. Siglo XX. Museo de Filadelfia)

***

Comenzó la guerra civil.

Telémaco estaba al lado de su padre.

El porquerizo Eumeo y el boyero Filetio también estaban con ellos. Eran fieles a su amo.

Melantio, el cabrero, otro de sus sirvientes, estaba del lado de los pretendientes. Llevaba armas a los pretendientes durante el conflicto. Era un traidor. 

Todos los pretendientes fueron asesinados.

Odiseo había recuperado su hogar.

Pero quedaba una prueba más difícil.

Penélope.

Mientras todo esto sucedía, ella dormía en su habitación de arriba.

Telémaco había llevado a su madre al piso de arriba después de la competencia de tiro con arco. 

Atenea la había sumido en un sueño profundo.

Mientras Odiseo bañaba en sangre su propio palacio abajo, Penélope no escuchó nada.

Cuando despertara, todo habría terminado.

(Joseph-Benoît Suvée. Batalla en el palacio. 1812)

***

La sirvienta Euriclea subió.

Le dijo a Penélope que Odiseo había regresado.

Penélope no lo creyó.

Le contó sobre la cicatriz.

Aun así, no lo creyó.

Bajó.

Frente a ella estaba el hombre al que había esperado durante veinte años.

Pero no pudo reconocerlo.

No lo abrazó de inmediato.

El tiempo había cambiado demasiado a Odiseo, quien había vivido tantas aventuras.

¡Cuántas dificultades había superado ese hombre!

Telémaco se enfadó con su madre.

Habían estado esperando este momento durante tantos años.

Penélope, por su parte, quería su propia prueba.

Una señal muy poderosa.

Un secreto que nadie conocía, que solo quedaba entre ellos dos.

Porque durante veinte años había tenido esperanza...

Había esperado...

Se había equivocado.

La duda no es falta de amor.

A veces, una persona es muy cuidadosa con lo que más valora.

(Johann Heinrich Wilhelm Tischbein. Odiseo y Penélope. 1812)

***

Penélope iba a poner a prueba a Odiseo: ¿era él o no?

Le dijo a las sirvientas que sacaran la cama de Odiseo de la habitación y la pusieran en otro lugar.

¿Una pregunta extraña?

Odiseo se enfureció.

Esa cama no podía ser movida.

Porque él mismo la había construido con sus propias manos sobre el tronco de un olivo vivo.

No había cortado el árbol desde la raíz...

Había construido la casa a su alrededor...

Había convertido su tronco en una de las patas de la cama.

Homero parecía estar convirtiendo de nuevo el olivo en un símbolo.

El olivo era el hogar: su fruto, su aceite, su hoja, su sombra, sus ramas...

Sus raíces estaban unidas a la tierra, su tronco a su cama. ¡En esa cama había continuado su linaje!

Esto solo lo sabían ellos dos.

Penélope había estado desesperada durante años.

Ahora estaba segura.

El hombre frente a ella era Odiseo.

Su esposo, su amado; el hombre por quien había dormido sola durante años, por quien no había podido dormir. 

¡Aquel cuyos lagrimales se habían secado por las lágrimas derramadas!

Otros podían ver la cicatriz en su pierna.

Pero el secreto del olivo solo lo sabían ellos dos.

¡Ahora se habían comprendido!

La separación de veinte años terminó allí.

(Penélope y Odiseo. Frente a la cama con el olivo. Imagen representativa. Inteligencia Artificial)

***

Homero describe este reencuentro con una comparación muy hermosa.

“Como lo valiosa que es la tierra para una persona cuyo barco se ha hecho pedazos en el mar...

Que ha luchado contra las olas...

Y que finalmente ha logrado llegar a tierra...

Así era Penélope para Odiseo.”

Pero hay una pequeña y muy hermosa contradicción en la comparación de Homero.

La persona que llega a tierra no es Odiseo.

Es Penélope.

Para Penélope, ver a su esposo es como salvarse de la muerte en el mar y llegar a tierra.

Sin embargo, es Odiseo quien ha vagado por los mares durante años.

Pero esta vez, lo que llega a la orilla es el sentimiento de Penélope.

(Louis-Jean-François Lagrenée. Penélope leyendo la carta de Odiseo)

***

El poema “Penélope desesperada”, escrito por el poeta griego contemporáneo Yannis Ritsos (1909-1990) en 1968, durante los días sombríos en el campo de prisioneros políticos de la isla de Leros, bajo la dictadura de los coroneles en Grecia, mira este reencuentro desde un lugar completamente diferente. 

Ritsos reinterpreta con desilusión la espera que Homero termina con el reencuentro.

Ritsos señala un aspecto diferente de la condición humana.

En la traducción de Cevat Çapan:

“….

¿era por este hombre por quien había gastado veinte años esperando y soñando?

¿construyendo sueños?

¿era por este extranjero pobre, de barba blanca y manchado de sangre?

….”

Penélope, que esperó veinte años, ve en el momento del reencuentro que el hombre que esperaba y el hombre frente a ella ya no son el mismo.

Ritsos parece decir esto: una persona puede volver a casa, pero no puede volver al tiempo que dejó atrás.

Porque veinte años no solo han cambiado a Odiseo, sino también a Penélope, que lo esperaba.

(Eduard Julius Friedrich Bendemann. Penélope desesperada, 1877)

***

A la mañana siguiente, Odiseo fue a la granja de su padre Laertes.

Pero tampoco se presentó ante él de inmediato.

Al final, no pudo aguantar más.

“Padre, el hombre que buscas soy yo”, dijo. “¡Tu hijo!”

Laertes también necesitaba pruebas.

Habían pasado tantos años.

Odiseo le mostró la cicatriz.

Luego contó los árboles que su padre le había dado cuando era niño:

Trece perales...

Diez manzanos...

Cuarenta higueras...

Y las vides en el viñedo...

Laertes reconoció a su hijo.

Penélope lo había reconocido por el olivo...

Laertes, por su parte, lo había reconocido por los árboles que habían contado juntos años atrás.

La cicatriz era la prueba en el cuerpo.

Los árboles eran el recuerdo del pasado que aún vivía.

Odiseo no solo regresaba a un hogar.

Regresaba entre personas que lo conocían.

En cierto sentido, estaba redescubriendo quién era.

(Jan Styka. Odiseo en la granja de su padre Laertes. 1901)

***

Pero el problema no había terminado.

Estaban las familias de los ciento ocho pretendientes asesinados en el palacio.

Eupites, el padre de Antínoo, reunió a la gente.

¡Sus hijos, sus parientes habían sido asesinados!

Querían venganza.

Se armaron.

Marcharon hacia la granja de Laertes, el padre de Odiseo.

La guerra comenzó de nuevo.

Laertes lanzó su lanza.

Eupites murió.

Los pretendientes habían sido asesinados...

Ahora sus parientes empezaban a ser asesinados.

Luego vendrían los parientes de ellos.

Esto no tenía fin.

Fue justo aquí cuando Zeus, el jefe de los dioses, intervino.

Le dijo a su hija Atenea que detuviera la guerra.

Atenea, la diosa de la razón, se interpuso entre las dos partes.

Se depusieron las armas.

¡La razón siempre quiere la paz!

Así, la Odisea no terminó solo con la derrota de un enemigo...

Terminó con el cese de la venganza.

Homero no puso una nueva guerra al final de la epopeya...

Puso la paz.

(Theodoor van Thulden (1606–1669). Grabado de Laertes matando a sus enemigos (162) coloreado por Inteligencia Artificial.)

***

Pero una profecía del adivino Tiresias en el Inframundo aún estaba en el futuro.

Un día, Odiseo tomaría un remo de barco sobre su hombro...

Se alejaría del mar...

Caminaría hasta el país de personas que no sabían qué era un barco...

Clavaría su remo en la tierra...

Y ofrecería un sacrificio a Poseidón.

Luego regresaría a Ítaca...

Envejecería...

Y moriría con una muerte tranquila.

(Odiseo, llevando su remo sobre el hombro, alejándose del mar. Studio de Sa. Ilustración moderna.)

***

Homero no nos cuenta si esto sucedió o no.

La Odisea tampoco narra la muerte de Odiseo.

La tradición épica griega antigua posterior continúa la historia.

El conjunto de ocho epopeyas, incluidas la Ilíada y la Odisea, que cuentan lo que sucedió antes, durante y después de la Guerra de Troya, se conoce como el Ciclo Épico.

El último eslabón de esta cadena, la hoy perdida Telegonía, cuenta la vida posterior y la muerte de Odiseo.

Según esta narración posterior, Telégono (que significa nacido lejos), el hijo de Odiseo con la maga Circe, con quien estuvo un año en su isla, partió en busca de su padre.

Cuando llegó a Ítaca, no sabía que el hombre frente a él era su padre.

En el conflicto que surgió, hirió a Odiseo con su lanza, que tenía en la punta la espina venenosa de un pez raya.

Odiseo murió.

Odiseo se había salvado del mar.

Había superado la ira de Poseidón y finalmente había llegado a Ítaca.

Pero años después, la muerte le había llegado de nuevo desde el mar.

Con la espina venenosa de una raya...

La narración antigua no dice que esto fuera obra de Poseidón.

Pero es difícil pensar en un final más impactante para la historia de Odiseo.

Telégono solo supo después que el hombre al que había matado era su padre.

Pero quien cuenta esto no es Homero.

Homero nos deja en Ítaca.

(Telégono hiriendo mortalmente a Odiseo. Miniatura sobre pergamino, Histoire ancienne jusqu’à César, alrededor de 1330–1340. Royal MS 20 D I, British Library.)

***

Pasaron los siglos.

A principios del siglo XX, el poeta griego de Alejandría, Constantino Cavafis (1863-1933), que nació y murió el mismo día, volvió a mirar la isla de Odiseo.

Nos dejó un poema inolvidable: Ítaca.

En la traducción de Cevat Çapan:

“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca,

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones,

ni a los cíclopes, ni al airado Poseidón.

…

mientras no los lleves en tu alma,

mientras tu alma no los ponga ante ti

….

tras tantas experiencias, te has vuelto tan sabio,

que ya sabes lo que significan las Ítacas.”

Quizás esa sea la razón por la que Odiseo ha vivido durante tres mil años.

Las formas de los monstruos que se le presentaron han cambiado.

Puede que en nuestro camino no haya Polifemo.

Puede que las sirenas no canten.

Puede que Poseidón no agite los mares.

+

Pero la arrogancia sigue existiendo.

Existe la insaciabilidad.

El miedo...

La curiosidad...

El deseo...

El olvido...

Amar...

Perder...

Existe el deseo de volver a casa...

Y la lucha por defender tu patria...

Cuando Odiseo llegó a Ítaca, no era el mismo hombre que fue a Troya.

El camino lo había cambiado.

Quizás todos los viajes del ser humano son un poco así.

Partimos para llegar a algún lugar.

Pero durante el camino, nos convertimos en otra persona.

Ítaca es importante.

Porque para que una persona pueda emprender un viaje, necesita una Ítaca.

Pero el camino también es importante.

Porque el camino que lleva a una persona a Ítaca...

También la lleva a sí misma.

Le enseña quién es.

¡Al ser humano, a las condiciones humanas!

(Giuseppe Bottani — Atenea muestra Ítaca a Odiseo, siglo XVIII)

***

Odiseo llegó a Ítaca.

Homero calló.

Pero el viaje no terminó.

Porque desde aquel día...

Cada persona continúa su viaje hacia su propia Ítaca.

Es por esto que Homero de Esmirna, que cuenta todo esto, al ser humano y a la vida, es inmortal.

Nota: En este y en los artículos anteriores, se ha tomado como base el texto original en griego antiguo de la Odisea de Homero; se han utilizado comparativamente diferentes traducciones al turco y a otros idiomas, así como diversas fuentes. Algunas citas breves y expresiones en turco incluidas en el texto han sido creadas por mí a partir del texto original. Fuente principal: Homero, Odisea (The Odyssey), texto en griego antiguo y trad. al inglés de A. T. Murray, Vol. I–II, Loeb Classical Library, Londres: William Heinemann – Nueva York: G. P. Putnam's Sons, 1919; Perseus Digital Library. Las imágenes han sido obtenidas de fuentes de internet.)

Sefa Taşkın

27.09.2026

Dikili/Esmirna